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Para comprender por qué «Lubentia Olivi» se revela hoy como un aceite único
y de cualidades casi mágicas, debemos mirar al pasado.
A un pasado muy remoto.


Recientes estudios sitúan el origen del olivo en la zona del Kurdistán. Más tarde, las primeras especies silvestres se fueron extendiendo hacia África y, por el oeste, por Siria, Jordania y Palestina hace 8.000 / 6.000 años. En breve, las mejores variedades llegaron a todo el Mediterráneo y evolucionando con el tiempo, dieron como resultado nuestra «Olea europaea».
En tiempos tan lejanos, los hombres ya descubrieron la importancia y trascendencia de aquel árbol recio, de deliciosos frutos y de dorado jugo, tan benéfico y útil para multitud de usos.
Tanto fue así, que pronto, el olivo pasó a ser tan apreciado como venerable.
Enseguida hizo aparición en las culturas minoica, egipcia, helénica, así como en las de Palestina y Asia Menor. En el Corán y en la Biblia figura como protagonista en numerosos pasajes y, desde épocas tan pretéritas, se le asoció con la sabiduría y con la paz. ¡Nada menos!. De los árabes tambien heredamos el propio nombre de las aceitunas «zaytunah» y sus ricas y abundantes aportaciones culinarias con ellas.
En nuestra cultura judeocristiana tal vez sea donde las referencias al mismo sean más abundantes. Desde que una paloma, con una rama de olivo en su pico, anunciara a Noé el fin del Diluvio, hasta que en los Evangelios se relate la oración de Jesucristo en el olivar del «huerto de Getsemaní», nuestro árbol «aflora» constantemente.

Los hábiles y activos comerciantes fenicios debieron de ser los introductores del olivo en aquella zona confín del Mediterráneo, a la que bautizaron con el nombre de «Hispania», o «tierra de conejos» y a la que accedieron en el transcurso de sus incesantes viajes por mar. Paralela y paulatinamente, en este entorno fueron cobrando fuerza los intereses de cartagineses y romanos que, en su afán expansionista batieron sus ambiciones en un choque frontal. Estos enfrentamientos, que se prolongaron durante más de 200 años, fueron las llamadas Guerras Púnicas, que afectaron también a nuestra península.
Desde que en el 218 A.J.C. los romanos penetraron en España fueron conquistando y asimilando territorios y culturas autóctonas. Particularmente aguerridos y rebeldes fueron los lusitanos, liderados por Viriato. En el 141 A.J.C los invasores dominantes urdieron una conspiración para que sus propios compatriotas asesinaran a su caudillo. Pese a todo, aún les costaría unos cuantos años hacerse con toda la península. La conquista no se dio por finalizada hasta que en el 19 A.J.C. Agripa sometió las últimas rebeliones de las tribus cántabras.
Hispania, desde entonces, ya pasó a ser territorio romano en época Octavio Augusto siendo dividida en tres grandes provincias: Tarraconense, Lusitania y Bética. Pacificado el territorio, el imperio fue dejando la impronta de su civilización y a la vez percibiendo y demandando los mejores productos de cada territorio conquistado.
Entorno al año 100 de nuestra era, Roma alcanza el cénit de su esplendor y coincide todo ello con el gobierno inesperado de unos emperadores «provincianos», naturales de aquella Hispania remota. Destacarían Trajano y Adriano, que enseguida potenciarían las riquezas de su tierra natal.

La Sierra de Gata, cuna de Lubentia Olivi, había sido tierra de frontera entre las tribus autóctonas de lusitanos y vetones. Roma termina por asimilarlos y con sus tierras se configura la gran provincia de Lusitania. Pronto el imperio comienza a organizar las ciudades y a dotarlas de inéditas y rápidas vías de conexión. Resultado de estas medidas fue el hecho de que nuestra comarca quedase enclavada en el cruce de los dos ejes más importantes de comunicación de la zona occidental, cuyo destino final era su salida al mar en Gades (Cádiz): La Vía de La Estrella y La Vía de la Plata.
*La Vía de La Estrella procedía del noroeste, atravesaba la sierra del mismo nombre y, tras salvar el rio Tajo, en el imponente Puente de Alcántara, conectaba con la de La Plata en la propia de ciudad de Cáceres (Castra Cecilia, más tarde Norba Caesarina).
Siglos después fue usada por los árabes para penetrar en la zona y tomar Santiago de Compostela (Almanzor, 997 D.J.C.). Por ella se llevaron hasta Córdoba, las afamadas campanas gallegas. Tras doscientos años volverían a su emplazamiento por la misma Vía.
*La Vía de La Plata es el otro ramal. Más importante y largo que el anterior, unía, en un primer momento, Astorga con la capital de la Lusitania: Mérida (Augusta Emérita).
Parece que su nombre nada tiene que ver con el precioso metal plateado. Los árabes atendiendo a lo que se veía a primera vista, un «camino empedrado» (al Balat) fueron los que así la llamaron. Con el tiempo, esa pronunciación reiterada derivó en «plata».
En este poniente hispánico también abundaba el oro, y por estas vías se transportaba el dorado metal para llevarlo hasta la capital del imperio. Se extrajo en muchos lugares, sobre todo en Galicia, y prácticamente, «se arruinaron montañas» para su obtención en Las Médulas, en León.
En la Sierra de Gata también encontramos vestigios de este imponente sistema de explotación minera romana. Desde el aire se aprecian gigantescos corredores de excavación a lo largo de cientos de metros. En el término de Valverde del Fresno aún se denominan «vieros» o «vías de oro» y, son tan anchos, que pueden albergar un olivar en su interior.

La necesidad de oro y aceite fueron haciendo de estas vías caminos de intenso tránsito. En la misma Italia y Grecia existían olivares más cercanos, sin embargo, la abundancia y calidad de la aceituna hispánica de La Bética y de la de La Lusitania hicieron que compensaran los costes de su transporte, atravesando medio mundo del entonces conocido.
No sólo la demanda era alimentaria como nos demuestra el famoso cocinero Apicio en su «De re coquinaria«. (Siglo I)
Hay que recordar que el aceite en estas épocas era también un preciado combustible para lámparas y candiles además de utilizarse en otros muchos usos domésticos (ungüentos cosméticos y usos medicinales).
Tras moler las olivas en Hispania, el aceite era envasado en grandes ánforas globulares de barro, selladas en su interior con resinas, para ser transportadas hasta el puerto de Gades (Cádiz). Allí eran embarcadas en navíos mercantes destinados para tal uso. En una semana, recorrían el «Mare Nostrum» para llegar al puerto romano de Ostia, en la desembocadura del Tíber.
Hacia el año 115, Trajano, el emperador español, construyó en Ostia un magnifico puerto para facilitar el abastecimiento de Roma que, en esa época, rondaba ya el 1.000.000 de habitantes. Se convirtió en el «Portus» por excelencia y aún hoy en día se considera un alarde de la ingeniería, con su dársena hexagonal y las dependencias exigidas para satisfacer todas las prestaciones portuarias.

«Ostia Antica» pronto creció y prosperó con la llegada masiva de mercancías a su puerto. Llegó incluso a ser más importante que Pompeya. Aún hoy en día se conservan maravillosamente las ruinas de la que fue una gran ciudad marítima.
Estando en Roma es casi imperdonable no visitar este enclave maravilloso que pasa por ser uno de los complejos arqueológicos más importantes de Italia.
Cosas tan aparentemente modernas como son los «fast food», las «ferias internacionales de mercancías» o el uso de la publicidad ya estaban presentes en esta ciudad portuaria.
Centrándonos en nuestro producto, en aquellos «stands» del ferial se cerraban los tratos y posteriormente el aceite era traspasado a embarcaciones de menor calado para remontar el rio Tíber y recorrer los 35 Kms. que separaban este puerto marítimo del fluvial situado el mismo corazón de Roma.
El primitivo puerto fluvial del Foro Boario de Roma, resultaba ya pequeño dado el florecimiento de la ciudad. Por ello, unos 200 años a.C., se construyó uno nuevo y espacioso, rio abajo, pasado el Puente Sublicio. Es el llamado «Emporium» – provisto de muelles y almacenes. Unas escalinatas facilitaban el desembarco de las materias primas desde el rio hasta unos grandísimos almacenes conocidos en su conjunto como el «Porticus Aemilia».
Concretamente el aceite, al llegar a Roma, era trasvasado a recipientes más pequeños para ser distribuidos por la ciudad. Y aquí comienza una curiosa historia.
Las grandes ánforas panzudas que habían transportado el aceite desde Hispania eran rotas en ese momento. Podrían servir como rellenos en los muros, elaboración de terrazos (opus signinum), nivelación de suelos…Sin embargo, la demanda de aceite de la ciudad fue tan alta y continua, que aquellos deshechos cerámicos comenzaron a ser un estorbo, un problema.
A partir del 74 a.C. se buscó un lugar algo alejado, al este de la ribera, donde ir depositando estos restos de vasijas. De forma continuada y sistemática se fueron acumulando ingentes cantidades de fragmentos cerámicos que, apilados en estratos y posteriormente rociados con cal para evitar los malos olores, llegaron a conformar un gran montículo artificial.
Tal montículo es el denominado «Monte Testaccio», una «escombrera» que fue utilizada unos 300 años y que alcanzó la impresionante extensión de 22.000 m2 y casi 50 metros de altura. En la actualidad es una verdadera colina artificial compuesta por 50.000.000 millones de fragmentos de vasijas, la mayoría pertenecientes a ánforas destinadas al transporte del aceite hispano. Cubierto por el tiempo por una densa vegetación, mimetizándose con el paisaje, contribuyó por su aspecto a que se olvidase el proceso de su formación.
Fue en 1872 cuando el arqueólogo alemán Heinrich Dressel comenzó a excavar dicho monte dando a conocer los interesantes hallazgos que encerraba en su interior aquel olvidado «basurero».
Dressel propuso una tipología inicial de las ánforas más frecuentes allí encontradas, destacando las de procedencia hispana por la singular forma globular de las mismas y por las marcas impresas en ellas. Aún hoy en día esta clasificación es una referencia esencial para el estudio de las mismas. Algunas de las ánforas aún siguen siendo conocidas con el número que él las dio en su célebre clasificación. En ella el ánfora golobular hispana figura con el nº 20. Por todo ello, el «Testaccio», o «Monte dei Cocci» (Monte de los fragmentos), aunque artificial, merece ser considerada la séptima colina de Roma.

Desde primeras horas de la mañana, los turistas van acudiendo a las puertas de Santa María in Cosmedín. No suele ser por ver ese precioso templo, cuyo nombre, procedente del griego, significa «bello» (kosmidion), simplemente es por hacerse un «selfie» metiendo la mano en la «Bocca della Verità» y así emular a Audrey Hepburn y Gregory Peck cuando hicieron lo propio en la mítica película de «Vacaciones en Roma» de 1.953.
Todos estos curiosos no son conscientes de que toda esta zona pegada al Tíber formó parte del llamado Foro Boario.
Aquí se comerciaba con todo tipo de productos y, en especial con el ganado (bueyes, de ahí su nombre «boarius»). Se encontraba a las afueras de las murallas de la ciudad, siendo cruce de caminos y lugar de paso. En esta ribera, se situó el primer puerto fluvial de Roma «(Portus Tiberinus»). Transitaban por aquí etruscos, griegos y los propios romanos que comerciaban con ellos a las puertas de su ciudad. Las influencias religiosas de los viajeros helenos y fenicios propiciaron que se levantara allí un monumento a Heracles (Hércules) que fue el primer altar dedicado a su memoria y culto. Fue la llamada «Ara Máxima» en la cual, anualmente se hacían sacrificios al semidiós.

Con el paso del tiempo los romanos extendieron su imperio por todo el Mediterráneo por lo que pronto se llenó de barcos latinos dispuestos a conquistar otros territorios y a comerciar con toda clase de productos.
Hacia el 120 a.C., uno de aquellos viajeros se embarcó en su nave y desde el primitivo puerto del Foro Boario, se aventuró rio abajo hasta alcanzar la costa para salir a mar abierto en busca de las mercancías, objeto de sus transacciones comerciales.
Este próspero comerciante se dedicaba a importar aceite desde los territorios en los que se cultivaba. Era un producto muy demandado y rentable en aquella Roma que no paraba de crecer. El navegante se llamaba «Marcus Octavius Herennius».
Por aquellos años, los piratas cilicios, atacaban cualquier navío que divisaban en el horizonte, aun así, Marcus continuó su travesía
No sabemos en qué momento del viaje se topó con los piratas cuya finalidad, además de hacerse con el botín de las naves mercantes que abordaban, era la de conseguir esclavos para venderlos en otros territorios. ¡Un negocio muy próspero!
En el fragor de la lucha, viéndose perdido, recordó e invocó a Hércules, otro gran viajero, héroe invicto, lleno de coraje y fuerza. Bajo su amparo pudo vencer a aquellos malhechores y conservar su libertad y preciado aceite.
Esta historia la sabemos gracias a Macrobio que, sobre el año 390, escribió «Las Saturnales». En uno de los pasajes de sus siete libros refiere estas peripecias del marino y comerciante.

Nada más llegar a Roma, Marcus quiso agradecer a Hércules la ayuda de su protector por lo que decidió levantar un monumento en su honor: sería el conocido «Templo de Hércules Olivarius» en el Foro Boario.
No escatimó en gastos. Hizo venir de Grecia al prestigioso arquitecto Hermodoro de Salamina importando, además, costosos mármoles para su construcción. Así se levantó un armonioso templo de planta circular, rodeado de 20 preciosas columnas rematadas con capiteles corintios, y de más de 10 metros de altura cada una. Se cree que en su interior se alzó una estatua de Hércules, desgraciadamente perdida, atribuida a Skopas el joven. Esta historia se olvidó con el tiempo y el monumento, por su planta circular, fue atribuido erróneamente al culto de la diosa Vesta. Afortunadamente, en el siglo XIX se encontró el basamento con la inscripción en la que figurara la dedicación de la estatua al famoso héroe. Así se disiparon las dudas. Podemos decir que es el templo del aceite por antonomasia
La pasión por nuestro aceite, el arte, la historia y Roma, nos han llevado hasta la Ciudad Eterna en bastantes ocasiones, deseosos de encajar todas las piezas de este puzle que emparentaba el aceite hispano con la «Ciudad del Tíber», y que superando el mero proyecto empresarial se convertía en algo casi mágico y providencial que nos iba dejando valiosas pistas y datos con el pasar de los años.
Uno de los momentos más emocionantes, de los muchos que ha habido, fue descubrir aquí, en el Foro Boario, este maravilloso templo de Roma realizado en mármol, y que es el más antiguo de la ciudad: el «Templo de Hércules Olivarius». Pronto esta historia nos inspiró la idea de convertirlo en el logotipo de Lubentia.

Hace algo más de 2.000 años, en épocas de los emperadores hispanos – Trajano y Adriano – los olivares de nuestra zona, La Lusitania, ya eran muy apreciados por la calidad de su aceituna. Así nos lo refiere Plinio (N.H.XXV,5). Los productos de Sierra de Gata, oro y aceite principalmente, debieron ser transportados con facilidad hacia Roma al encontrase esta zona justo en el cruce de dos importantísimas vías. Tan vitales, que tenemos la suerte de contar, a escasos kilómetros de nuestras fincas, con una de las obras más impresionantes de la ingeniería romana: el Puente de Alcántara.
Todo ello nos emocionó y animó a estudiar nuestra historia y a acometer este proyecto, sabedores de que nuestro producto era ya apreciado en tiempo tan remotos.¡Un aceite con historia!…

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